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Nuestra mejor versión

El otro día estaba viendo una película cuando una escena me hizo reflexionar. Era ese típico momento en el que uno de los personajes principales expresa sus últimas palabras mientras agoniza en los brazos de su amigo.

Siempre ocurre lo mismo. Parece que el hecho de mirar a la muerte a la cara permite reunir el valor suficiente para decir todo aquello que uno no se atrevía a decir; para pedir perdón, para dar las gracias, para declarar un te quiero… No son pocas las ocasiones en las que el protagonista no ha pasado al otro lado hasta que no ha conseguido expresar aquellas palabras que estaban en su lista de asuntos pendientes, esperando a que el orgullo cesara en su control para poder dar paso a la compasión, el perdón, la humildad y el amor. Nos guardamos la mejor versión de nosotros mismos para cuando ya es demasiado tarde. ¿Por qué? ¿Qué podemos perder? ¿A qué tenemos miedo? 

Antes, más veces de las que debiera, solía dejar en manos del ego y el orgullo los mandos de mi vida para que ellos, sin ningún pudor, condujeran esquivando todo aquello que les pusiera en un aprieto y así protegernos de todo lo que nos volviera vulnerables.

Pero la cosa es que al final esa protección para lo único que me servía era para impedirme vivir y sentir al máximo exponente. El miedo al sufrimiento es tan humano y a la vez tan intempestivo que nos hace presos con su constante amenaza, así que acabamos condenados en una cárcel que nosotros mismos hemos construido dándole la espalda a esa llave que nos libera para no reconocer que la responsabilidad de abrir la puerta es solo nuestra.

Muchas veces son las cosas más bellas del mundo las que nos hacen sentir vulnerables y tenemos que ser conscientes de si estamos dispuestos a perdernos experiencias que nos van a enriquecer enormemente solo por el miedo que nos da exponernos de esa manera y abrir nuestra alma. Tenemos que decidir si estamos dispuestos a vivir una vida plana y sencilla y renunciar a experiencias y emociones que no podemos ni alcanzar a imaginar, solo porque nos da miedo abrir nuestros pulmones y nuestro corazón, no vaya a ser que tanto aire y tanto amor nos haga daño. ¡Qué poco confiamos en nosotros mismos! ¡Qué débiles nos creemos!

Así que nos pasamos la vida pidiéndonos permiso, buscando patológicamente la prudencia, aferrándonos a “todo lo que podría salir mal” en lugar de apostar por aquello que podría salir bien  y andando de puntillas para no hacer mucho ruido. Y entonces llega esa escena de película, en la que en nuestro lecho de muerte nos damos cuenta de todo lo que nos hemos perdido y queremos arreglarlo todo antes de irnos, pero ya es tarde. ¿Por qué querríamos darnos cuenta de todo cuando ya no podemos hacer nada?

Yo quiero intentar ser cada día la mejor versión posible de mi misma. No quiero dejar de sentir, de conocer y de vivir aquello que va a nutrir mi alma por afanarme en buscar fantasmas cuando la verdad es que esos fantasmas no van a poder a conmigo por mucho que lo intenten porque tengo demasiadas ganas de vivir.

Así que por qué no lo probamos… ¿qué pasaría si empezáramos a creer en nosotros mismos?.

Verónica.

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