Cuando desperté el dinosaurio estaba allí

por Verónica Díaz

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Mi experiencia como mujer

Hoy es el día de la mujer (omito lo de trabajadora porque todas lo somos de una u otra forma) y muchas de nosotras ni siquiera somos conscientes de qué significa esto.

Voy a dejar al lado los grandes gestos machistas de la sociedad con los que todavía convivimos, como la violencia de género, la publicidad, las niñas pequeñas que sexualizan como si fuera natural, o eso de que todas las mujeres sean cocineras en su casa pero la mayoría de los grandes chef sean hombres… y voy a hablar de mi experiencia como mujer.

Cuando tenía trece años e iba con mi amiga Olga caminando por nuestro tranquilo pueblo, más de una vez volvimos a casa corriendo por las calles, asustadas, porque un hombre adulto iba a nuestro lado con su coche mirándonos, haciéndonos gestos obscenos y diciéndonos guarrerías. Y no soy ni la primera ni la última mujer de mi grupo de amigas y familiar que se ha visto acosada por un hombre que se creía con ciertos derechos sobre ella.

Una vez fui a Francia con mi equipo de rugby y no entendía porque casi todos los chicos se sentaban en la mesa en la que yo no estaba, hasta que uno me dijo que era porque se me veían las tiras del tanga y eso les excitaba tanto que luego incluso iban a masturbarse al baño.

Cuando tenía 16 años trabajé un verano en una heladería a la que un hombre que me sacaba más de quince años iba para mirarme y me dejaba notas en las que me prometía el oro y el moro si me iba con él. Me llamaba Pocahontas porque me recogía el pelo en trenzas para trabajar y no dejaba de insistir a pesar de mis rechazos. A veces iba a esconderme al almacén cuando lo veía aparecer y así fingía que no estaba.

Y como esas, mil historias, cada día, desde que mi cuerpo empezó a dejar de ser el de una niña, que me han hecho ver que cuando se trata de las mujeres, parece que tu apariencia no es solo lo que te define, sino también lo único que te da poder.

En el instituto la chica lista de la clase no solía destacar por su belleza, ni la popular y la guay por su inteligencia. Cuando estaba en la Universidad, una amiga me contaba sorprendida como una de las chicas más guapas de clase además sacaba buenas notas, tenía una relación estable y hacía deporte. Como si todos esos atributos juntos fueran incompatibles en una mujer. Es ese machismo sutil que tenemos tan normalizado e interiorizado que hasta nosotras le damos uso.

El verano pasado empecé a correr. Cada día volvía a casa tensa porque más de un coche conducido por hombres se frenaba para verme. Un día, unos niños de unos 13 años iban con la bici y dijeron “espera, vamos a ir detrás de esa para mirarle el culo”. Y yo me ponía a temblar, de impotencia, de rabia, de vergüenza. Hubo un día que, a pesar de que iba paseando con mi hijo, un grupo de chicos decía cosas sobre mi trasero por la derecha y otros me acechaban por la izquierda. Fue tan violento… quería llorar. Cuando llegaba a casa y se lo contaba a mi marido, decía que por qué no los había mandado a la mierda, y le respondía que esos gestos me hacían sentir tan pequeña y humillada, que en el momento no sabía reaccionar.

Luego estarán los que digan que son piropos, que somos demasiado sensibles con el tema y vemos lobos donde no los hay o que no es para tanto… lo siento pero se equivocan. Un piropo físico es que alguien, en una conversación cara a cara, te diga “hoy estás muy guapa”. Que un desconocido te grite por la calle “vaya culo” es una falta de respeto y una agresión.

Cuando terminé la carrera me quedé embarazada, yo siempre quise ser madre joven pero creía que iba a ser imposible conciliar el buscarme un hueco en el mundo laboral con ser madre, preocupación que el resto de los hombres no tienen que tener, porque a las empresas no les preocupa lo que no tiene una vagina fértil. Finalmente, decidí que mientras mi hijo fuera un bebé quería ser yo la que le cuidara, y no podía evitar sentir las miradas de aquellos que creían que eso me hacía menos válida profesionalmente, más fracasada o menos completa. Al fin y al cabo solo era ama de casa.

Durante mi embarazo escribí un libro que conseguí publicar, con mi hijo ya nacido me acostaba a las tres de la mañana para poder estudiar un experto, concedí entrevistas para medios muy importantes, empecé a colaborar con algún periódico, impartí talleres a niños, y parecía que esos esfuerzos eran los únicos que me daban crédito. Los únicos que justificaban lo vaga que debía ser por decidir ser yo la que se quedara en casa cuidando de mi hijo para que no lo tuvieran que criar sus abuelos o las maestras de una guardería mientras yo trabajaba. Salvo mis amigas,  mi familia y mi marido, nadie aplaudía mi decisión ni mi sacrificio. Para nadie era más importante el esfuerzo titánico que realizaba en mi casa y el amor y el tiempo dedicado a mi hijo que el tener una carrera laboral de éxito cuanto antes. Por suerte, no me hacía falta el reconocimiento ajeno para saberme segura de mis decisiones.

Hoy decía mi hermana que no sabe qué decir cuándo la felicitan por el día de la mujer, y eso me ha hecho pensar. Que tenemos un día en el que el foco se pone en nosotras y tenemos que ser agradecidas por todas las mujeres que salieron de su incómoda zona de confort para luchar por nuestros derechos y por buscar ese lugar de igualdad que nos pertenece. Que tenemos la responsabilidad de ser conscientes de ese machismo sutil que nosotras mismas alimentamos en ocasiones y no ser presas de ninguna imposición social que en algún momento heredáramos. Que tenemos que ser más buenas las unas con las otras, y acabar con esa horrible fama de lo malvadas que somos las mujeres entre nosotras, porque todas somos especiales, únicas y maravillosas.

Me siento afortunada por contar a mi lado con tantas mujeres fuertes, inteligentes, conscientes y especiales que reúnen todos estos atributos y que se esfuerzan por seguir siendo mejores porque reflejan la esperanza de que el mundo siga evolucionando y los muros vayan cayendo. Vosotras sois mi tribu.

También me siento feliz de conocer a tantos hombres, entre los cuales destaco a mi marido, que son fuertes, inteligentes, sensibles y feministas, que valoran el cerebro que hay por detrás del rimel en las pestañas y que con sus actos y palabras colaboran en la construcción de una igualdad real, que se esfuerzan por ser buenos padres de sus hijos y ser tan capaces de cuidarlos igual de bien y de estar igual de presentes que las madres, que entienden que a hacer cosas en casa no se le llama “ayudar” sino “colaborar”, que entienden que sus derechos y los nuestros no son distintos, así como las obligaciones,que lloran sin pedir perdón y que se esfuerzan por hacerlo cada día mejor.

Nos queda mucho camino por andar compañeras, pero no hay que hacerlo sintiéndonos víctimas de las circunstancias sino sacando nuestro poder natural, nuestro instinto animal, nuestra inteligencia salvaje y nuestra fuerza emocional. 

Feliz día, MUJERES.

V.

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