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Los días raros

Siempre digo que los extremos rígidos no me gustan. Me parecen peligrosos. Creo que en el mundo no todo tiene que ser blanco o negro. Que en muchas ocasiones en el gris está el equilibrio y que está bien usar las mezclas porque a veces por obcecarse en lo absoluto se pierden nuevas perspectivas y formas distintas de sentir.

También he de confesar mi ramalazo supersticioso, que me susurra al oído que en la vida tiene que imperar el equilibrio y que después de mucho de “esto” siempre tiene que venir otro tanto de “aquello”. Como esos momentos después de la tormenta en los que impera la calma y el silencio. Pero yo sigo en lo mio. Que ni sequía, ni diluvio, que entre ambos opuestos siempre hay numerosas opciones y que en la variedad se halla la riqueza.

Una de las cosas que he observado a lo largo de los años -resultado de esa hipervigilancia de mis pensamientos que padezco- es que siempre que me he creído esclavizada a un extremo, era yo misma la que ponía las esposas para luego tirar la llave al mar. Y que pasar del negro al gris solo era cuestión de cambiar el foco de atención. Por eso recientemente he decidido que no creo en los días malos. Que a partir de ahora los voy a llamar “días raros”. Porque en los días malos estás condenada a levantarte con el pie izquierdo y a llevar la zurda por bandera, y yo soy muy diestra. Pero en los días raros todo vale. Todo puede pasar.

El otro día fue uno de esos. Con mis momentos de lucidez en los que se repite en mi cabeza a modo de mantra un “gracias, gracias, gracias” y siento en cada poro de mi piel el milagro que supone el solo hecho de estar sana y viva. Y luego esos otros momentos de llanto, de agobio, de agotamiento, de incomprensión, de compasión, de enfado… Y en algún punto en medio de ese camino me di cuenta de que eso era la vida, y de que no puedo hacer mis días presos de una etiqueta que los condicione. “Los días buenos que queden para el recuerdo y para las redes sociales, y los malos para olvidar o para guardarlos en el cajón”. Me niego a que sea así. Me niego a catalogar mi vida en base a esa dicotomía superficial que me hace despreciar lo que no es agradable y robarle su utilidad real, en la cual creo fervientemente.

Y es que, llamadme masoquista, pero tengo una fe ciega en que aquello que llamamos “malas experiencias” son enriquecedores concentrados de la vida. Una especie de pastilla de avecrem llena de enseñanzas que nos fuerza a valorar lo bueno que ya poseemos y nos convierte en mejores versiones de nosotros mismos. Más humildes. Más compasivos. Más conscientes de lo que es importante en esta vida. Por eso cuando atravieso una de esas etapas una parte de mí me dice “¡Bien! ¡Cursillo intensivo Verónica! Esto te va a servir para crecer. ¡Vas a aprender mucho!” Algo parecido a cuando te duele una muela y te aprietas con la lengua en la encía porque dentro de la presión y del dolor encuentras cierto alivio. Ya lo advertí al principio. No creo en lo absoluto. Me gusta pensar que dentro del negro siempre hay rojo, azul y amarillo.

Los días raros son reales, flexibles, abiertos a la vida, a sus sorpresas, a sus vaivenes y a sus infinitas posibilidades. Abiertos al cambio y a las mezclas, porque huyen de las etiquetas, de los extremos y de todo aquello que los limita y condiciona. 

Un día raro está lleno de colores y es mutable, como la naturaleza. Las cosas inmutables no me inspiran confianza. No pueden crecer ni evolucionar. No se pueden adaptar. Están muertas.

Y puede que aún nos queden vicios por perfeccionar en los días raros pero por lo menos ya sé que yo decidido de que color visto mis días y que la elección es una cuestión de actitud y de perspectiva. Que aunque lo andado haya sido terreno escarpado, detrás de la próxima curva cabe la posibilidad de que el camino se allane. Solo hay que continuar, y ya no hay excusas, porque ahora tenemos la seguridad de que por delante puede haber de todo, menos días malos.

 

Verónica.

Soy mamá, psicóloga y escritora. Me alegra el alma leer, escribir, dibujar, bailar, cocinar, el mar y los momentos en familia. Me gusta jugar al tenis, el cine y viajar.

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