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LA VIDA CONSCIENTE VIII: La rendición no es debilidad

¡Hola!

¿Qué tal está siendo este lunes post-vacaciones? Yo la verdad es que lo comienzo muy motivada y con las pilas cargadas. Además, con la Semana Santa, el artículo de este mes para el periódico de La voz de Almería se ha retrasado hasta hoy, así que qué mejor manera de empezar la semana que con un poco de deporte y un buen desayuno acompañado de una buena lectura.

En esta ocasión identifico tres aspectos de nuestra actitud que nos generan tensión, irritabilidad, infelicidad y estrés, y cómo podemos poner luz sobre ellos para poder liberarnos.

Podéis pinchar en la siguiente imagen para leer el artículo desde la misma web del periódico, o bien, leerlo más abajo en este mismo post.

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Sabéis ese momento en el que te empieza a temblar el párpado del ojo y te dices a ti misma… ¡necesito relajarme! Pues a mí me pasa de tanto en cuando y suelo tomarme esa señal de mi cuerpo como un aviso de tormenta. Y es que mi experiencia me ha hecho comprobar que el cuerpo nos va mandando pequeñas señales que nos advierten que vamos por mal camino y que necesitamos un cambio, y cuando las ignoramos suele ocurrir que cada vez son más bruscas y se hacen notar más, con todo lo que ello conlleva para nuestra salud y bienestar. Y como a mí no me gusta que me griten, pues intento cazar las señales al vuelo y remangarme y ponerme manos a la obra con los cambios pertinentes desde el mismo instante en que se manifiestan.

Más allá del estrés de la vida diaria, son varios los aspectos de nuestro día a día que convertimos en obstáculos para alcanzar ese estilo de vida relajado. Hoy vamos a identificar tres de esas zancadillas que nos ponemos a nosotros mismos y que nos generan tensión, irritabilidad, infelicidad, estrés y tics en el párpado.

1. El control. Cada uno de nosotros tiene una idea de lo que está bien y de lo que está mal, de cómo se deben de hacer las cosas, de cómo se elabora una receta, de cómo se limpia una casa, de cómo deberíamos hablar o comportarnos… y cuando las cosas se hacen de acuerdo a esa idea, nos sentimos tranquilos y cómodos en un lugar que conocemos y controlamos. Pero en la vida es imposible controlar todos los factores; desde el mismo momento en el que interactuamos con otras personas que hacen las cosas a su manera comenzamos a sentir ansiedad e irritabilidad “eso no se hace así”, “deberías de”, “quiero que tú”. Sin embargo, ¡qué no hagan lo mismo con nosotros! Porque no nos gusta que nos controlen. Cierta dosis de control puede ser necesaria en algunos casos, pero obsesionarnos en ningún caso es efectivo y solo sirve para volvernos seres rígidos y tensos. Te propongo que con los ojos cerrados pienses qué personas intentan controlarte y cómo, y a qué personas intentas controlar tú y de qué forma, ¿cómo te sientes al respecto? Observa cómo te afecta ese exceso de presión innecesario y visualiza como rompes las cadenas que os atan, y así te liberas y liberas a los demás de ese sometimiento. Siéntete libre y respira ligero.

2. Tener razón. La necesidad de tener la razón – “te lo dije”- a menudo nos roba la libertad y el derecho a equivocarnos que como seres humanos tenemos. El orgullo muchas veces nos impide llegar al entendimiento en las discusiones solo porque no podemos ceder y necesitamos llevarnos la medalla de la razón a toda costa, antes que la de la comprensión. Y a menudo ocurre que nos fustigamos cuando nos equivocamos por no haber sido más precavidos o listos, cuando la realidad es que en la mayoría de las ocasiones el aprendizaje pasa por el error. Obsesionarse con tener la razón hace que en cualquier interacción uno tenga que ser el ganador y el otro el pardillo, haciendo menos amable y amorosa, y más tensa y competitiva nuestra relación con los demás. También ejerce una presión extrema sobre nosotros mismos ya que no podemos dejar que nuestra autoestima ni nuestro estado de ánimo dependan de algo tan improbable como tener siempre la razón. No nos privemos de la libertad de equivocarnos ni de comprendernos. Vamos a soltar la tensión que produce en nuestro organismo esta necesidad tan esclava y a sentirnos más ligeros. Cerramos los ojos, respiramos, y pensamos “La opinión de los demás es igual de válida que la mía y me enriquece. Equivocarse está bien y me permite aprender y crecer. Me libero de la necesidad de tener razón y elijo la comprensión y la aceptación”.

3. Perfeccionismo. Se podría decir que los dos puntos anteriores van unidos a ese perfeccionismo patológico que algunos padecemos. ¿Os suena eso de no sentirnos nunca contentos del todo con lo que hacemos porque podría haber estado mejor? (a mí sí). O pensar que para qué apuntarte a una carrera, si casi todos tienen más resistencia, más fuerza, mejor técnica y son mejores corredores que tú. Y cómo te exiges alcanzar la excelencia en lo que haces porque no te conformas con menos. Algunos venimos así de fábrica y otros hemos escuchado desde pequeños “sé fuerte”, “saca sobresalientes”, “sé el mejor”, y todas esas exigencias han creado en nuestra cabeza una vocecita maligna y mandona que tiene unas expectativas demasiado elevadas de quienes debemos ser y que se las apaña para hacernos sentir culpables si no somos, como mínimo, la repera. Dicho así es fácil darse cuenta de lo absurdo que es caer en esta trampa. Y como no queremos sentirnos así, con los ojos cerrados respiramos y nos decimos: “Me libero de las expectativas que los demás y yo tenemos sobre mí. Me libero de la culpabilidad. Tengo derecho a ser yo mismo, sin presiones, con aceptación y con amor”.

Y así, poquito a poco, poniendo luz en nuestros malos hábitos y esforzándonos por mejorar, conseguiremos sentirnos un poco más de paz dentro de nuestra frenética vida. Porque la relajación y la felicidad pasan por la liberación y porque, como dice Eckhard Tolle, la rendición no es debilidad.

 

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