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LA VIDA CONSCIENTE I: Una vida llena de milagros

El pasado domingo tuve la gran suerte de estrenar en el periódico La voz de Almería mi sección mensual llamada «La vida consciente», en la que comparto con todos los lectores reflexiones que nos ayudan a caminar hacia una vida más… consciente.

Os dejo el primer artículo aquí disponible, ¡espero que os guste!

la vida consciente

UNA VIDA LLENA DE MILAGROS

Querido nuevo curso,

Cuando yo me perdía más que desarrollar un minucioso mecanismo interno que de tanto perderse ya supiera encontrarse por sí solo, era más de rizar el rizo, de enredarme en mi propia encrucijada. De tropezarme y encariñarme con la piedra. Por eso cuando estaba mal estaba fatal. Parecía que era necesario tocar el fondo porque sin el impulso que da tocar el suelo no era capaz de salir de las tinieblas para emerger de nuevo a la luz.

El estreno del nuevo curso me fuerza a recordar cuánto tiempo hace que no batallo ninguna guerra interna de esas que se comían mi ánimo desde dentro como si fueran un parásito, y el hecho de no recordar cuando fue la última me dice que voy por buen camino. Que ya sé controlar un poco mejor esa parte de mí que me jugaba malas pasadas y boicoteaba mi felicidad a base de arrebatarme el “carpe diem” y sustituirlo por miedos de ayer y mañana. Por miedos que no existían más allá de mi cabeza.

Incluso tengo el diagnóstico de aquello que me causara aquellas crisis existenciales ocasionales:
“d e m a s i a d o   t i e m p o   p a r a   p e n s a r”.

Por suerte para mi, y para mi salud mental, desde hace unos meses ando muy ocupada y los únicos minutos que tengo al día para pensar los dedico a dar las gracias por todo cuanto tengo, que no es poco.

Supongo que te tiene que pasar algo muy gordo para darte cuenta de cuáles son las cosas importantes. Y yo de eso, entre unas cosas gordas y otras, ya sé un poco. Lo que pasa es que a veces en el período que transcurre entre esos sucesos que lo cambian todo, se nos olvida lo aprendido y perdemos de vista qué es lo esencial.

Sin embargo, al recordarlo, volvemos a vivir ligeros, agradecidos, emocionados, llenos de alegría y de dicha. Y ojalá que el único límite sea el cielo, y así no seremos nosotros mismos los que nos pongamos la zancadilla y creemos los muros que nos contienen.

Jodorowski siempre tiene la frase adecuada. Él dice que sabes que estás en el camino correcto cuando a cada paso sientes la alegría de vivir, así que al final se trata de eso, de sentirte viva a cada paso. En mi experiencia, parte de esa actitud que nos hace caminar con los brazos bien abiertos, se crea a base de dar las gracias a diestro y siniestro. De abrir los ojos para darnos cuenta de que lo tenemos todo cuando bien podríamos no tener nada. De que el hecho de tener un techo que nos cobije, una chaqueta que nos abrigue, un trozo de pan que nos alimente, un vaso de agua potable que calme nuestra sed y un abrazo de alguien que nos quiera, son grandes milagros que no deberíamos dar por sentados, sobre todo cuando hay tanta gente que no los tiene.

Quizás de tanto leer a Oscar Wilde acabamos rezando su “a mi dame lo superfluo, que lo necesario todo el mundo puede tenerlo”  y restando valor a los pequeños milagros que cada día vivimos. No hay nada peor que dar por sentado que alguien tiene que hacerte un favor, tratarte bien, quererte… Que tienes que tener un trabajo, amigos, un coche o una casa… Que tienes que estar sano y ágil… Porque entonces es cuando dejamos de sentirnos afortunados por cada privilegio que tenemos.

Puede que el secreto de la felicidad sea un compendio de todo lo que hablaba. Que se trate de vivir sin esos miedos que solo existen en nuestra cabeza y sin dar por hecho que la vida tiene que ser fácil y cómoda.

Y en cuanto a los miedos… pues no sé… ahí están, van y vienen, y lo importante es no alimentarlos ni darle poder. Los pensamientos a veces son caprichosos, se cuelan y se escapan de nuestro control para explotar en forma de rabieta, como ese niño que se enfada en el supermercado porque su madre no le quiere comprar las chocolatinas. Lo mejor es ignorar el capricho, aceptar su frustración, empatizar con su rabia, y en cuanto se empiece a relajar, abrazarle fuerte y decirle que no se preocupe, que todo está bien.

Espero que el nuevo curso esté lleno de esas cosas enormes que nos hacen vivir a flor de piel y saber qué es lo importante. Llenos de amor en su máxima expresión, de emociones y sentimientos nuevos, de lucidez para aceptar las distintas etapas y los cambios, pero sobre todo, que esté lleno de gratitud.  Gratitud por todo cuanto ya tenemos y por todo lo que está por venir, para poder vivir una vida que nos hace sentirnos afortunados a cada paso. Una vida llena de milagros.

Verónica Díaz.

 

Soy mamá, psicóloga y escritora. Me alegra el alma leer, escribir, dibujar, bailar, cocinar, el mar y los momentos en familia. Me gusta jugar al tenis, el cine y viajar.

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