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LA VIDA CONSCIENTE IIX: A mi madre

¡Hola a todos y todas!

Vengo con un poco de retraso por aquí, pero más vale tarde que nunca. Como sabéis el pasado 7 de mayo fue el día de la madre y quise aprovechar la oportunidad que tengo de escribir en La voz de Almería para hacer un homenaje a mi madre, a la vuestra, a la de todos, por ese amor incondicional que nos transmiten mejor que nadie y por pasarse sus vidas cuidando de las nuestras.

Podéis pinchar en la siguiente imagen para leer el artículo desde la misma web del periódico, o bien, leerlo más abajo en este mismo post.

Ser madre es la tarea más difícil, intensa y gratificante a la que me he enfrentado en mi vida. Me ha permitido conocer mi esencia ya que a veces hacen falta esas situaciones que te llevan al límite de tus emociones para ver cómo reaccionas y cómo sientes de manera natural. Yo, por ejemplo, me creía menos generosa y menos paciente de lo que he descubierto que soy. También tenía una mala opinión en cuanto a mi fuerza de voluntad y mi capacidad de imponer ciertas disciplinas en mi vida, y sin embargo, convertirme en madre me ha descubierto las grandes fortalezas que poseía y desconocía.

Uno de esos grandes miedos que te planteas a lo largo del embarazo es si sabrás ser una buena madre y lograr tener una buena relación con tu hijo. En esos momentos yo pensaba en la mía, y deseaba que algún día mis hijos me miren como yo la miro a ella, porque significará que a pesar de los errores, que siempre han de estar, lo estaré haciendo bien.

Mi madre es el perfecto ejemplo de cómo es una gran madre. Ella es la viva representación de esa leona que defiende y protege a sus cachorros por encima de sí misma. No siempre ha encontrado a la primera la energía o la motivación para ocuparse de su bienestar, pero si se trataba de mis hermanos o de mí, no había muros ni excusas en este mundo que se interpusieran en su camino hacia nuestra salud y felicidad.

Cada vez que he vivido momentos de angustia en mi vida, de esos que se te hacen grandes, que te bloquean y te duelen, solo hacía falta una llamada de teléfono o una conversación con ella para que desplegara toda su energía y recursos en hacerme sentir bien, en conseguir que viera ese enorme obstáculo como un minúsculo bache. Ella fue siempre la que me daba paz. Mi refugio. Mi mamá.

Da igual lo lejos de casa que nos vayamos porque al volver siempre tendrá un espacio sagrado reservado para noso­tros, para que nunca dejemos de sentir que pertenecemos a ese hogar. Y da igual en cuántos idiomas le diga que no tengo hambre, que la he visto hacer bizcochos a horas inapropiadas y rellenar el plato de lentejas hasta los bordes en cuanto me despisto. Da igual lo mayor que me haga, que nunca dejará de alisarme las sábanas de la cama y remeterme todas las mantas antes de dormir hasta que no pueda casi ni respirar.

Y una de las cosas que encuentro más fascinantes de mi madre es que con todo lo sabia que es, siempre te hace sentir que es ella quien más aprende de ti. Y eso se lo tengo que reconocer a mis padres, porque los padres suelen pensar que por ser los más mayores son los que tienen todo por enseñar y a quienes tienes que venerar y respetar, pero los míos siempre nos han hecho sentir valorados, y la admiración con la que nos miran y nos escuchan a mis hermanos y a mí es mutua.

Ella no solo es una madre para sus hijos excepcional, también lo es para sus yernos. Mi marido perdió a su madre poco antes de que nos conociéramos y no deja de recordarme en cada ocasión la enorme suerte que tengo con la mía, y también la que tiene él por haber encontrado a alguien, que sin ser lo mismo, le da un calor muy parecido. Y es que aunque madre solo hay una, hay mujeres, como ella, que emanan amor y protección de una forma tan natural, que acaban siendo en cierta forma una figura materna para ti.

A mi hijo, por ejemplo, yo le digo que tiene tres abuelas: mi madre es una, su abuela del cielo otra y su abuela Lola la tercera. Lola es mi suegra en la tierra y es otra de esas mujeres que desprende un amor y una entrega incondicional tan enormes que rápidamente se convierten en alguien indispensable en tu vida. Llegó a una familia en la que la madre había fallecido dejando tras de sí a dos hijos y un marido rotos, y con amor, paciencia, bondad y respeto, se ganó su merecido e indispensable hueco, porque como decía Saramago, siempre llegamos al sitio donde nos esperaban.

Hoy es el día de las madres y nos merecemos este hueco en el calendario. Por todos los años menstruando, y por la menopausia, por ceder nuestro cuerpo al crecimiento de otro ser, por expulsar a una persona por la vagina, por el postparto, por las noches en vela, por la entrega completa y absoluta, por los malabares con el tiempo, por lo difícil que nos hacen los políticos el conciliar la vida familiar con una profesional, por la templanza, por la paciencia, por el primer te quiero cuando aún son bebés, por el primer te odio cuando ya son adolescentes, por todo el amor incondicional que damos, y por todo el que recibimos, por velar por las sonrisas de nuestros hijos, por su salud, por su felicidad… Por todo esto y por mucho más, feliz día a todas las madres.

Y a ti mamá, disfruta de la merecida lectura, de tu desa­yuno, de tus flores, de la compañía de ese hombre con el que has creado a todos los que te suceden, y que la vida te devuelva con creces todo cuanto has dado. Recuerda que te quiero, que te admiro y que te agradezco profundamente el esfuerzo que has hecho toda tu vida por cuidar la mía.

Verónica Díaz es psicóloga y escritora. Es autora del libro ‘Diecisiete. Cuando desperté, el dinosaurio estaba allí’ (Ed. Amat).

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