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La vida consciente II: Si yo cambio, todo cambia.

¡Hola a tod@s!

El pasado domingo 16 salió el segundo artículo de mi sección mensual para La Voz de Almería llamada «La vida consciente», y como no está disponible en la versión digital del periódico, como siempre, os lo dejo aquí para que podáis leerlo.  Espero que os guste y nos vemos con otro artículo en Noviembre.

(Pinchar aquí para leer el primer artículo)

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A veces tengo momentos de lucidez en los que observo como así, sin más, se han ido apropiando de mi vocabulario los “tengo que” y “debería de”. Y sin comerlo ni beberlo, yo misma me he encerrado en una cárcel de obligaciones construidas por y para mí, que me atan a la esclavitud de aquello que no deja espacio para la espontaneidad del momento. No me refiero a las responsabilidades básicas, como la de cuidar a mi hijo, por ejemplo, sino de todas aquellas a las que uno se apega de una forma tóxica. Esas que nos hacen pensar “me falta tiempo” cuando en realidad es que “te sobran cosas”.

Cada vez lo tengo más claro, los tóxicos “debo de” son el virus de la autoestima y de la capacidad de disfrutar de la vida. Y puesto que no existe medicina que los destierre sin retorno de nuestra mente, toca hacer un esfuerzo intensivo por mantenerlos a raya y no dejar que nos mermen la felicidad. Sobre todo porque la gran mayoría de las veces no existe nada que debamos de ser o hacer, sino que son elecciones personales y, por tanto, la única obligación de que así sea es que la que nosotros nos imponemos y si entendemos eso, automáticamente dejaremos de sentirnos víctimas de las circunstancias y pasaremos a ser los directores de nuestra vida, aceptando los papeles que en cada momento decidimos representar.

Tiendo a ceñirme a esa inflexible agenda mental llena de “deberías de…” cuando me veo desbordada de responsabilidades y me toca hacer malabares con el tiempo para poder llegar a todas. Y sé que el problema no reside en organizarme, lo cual es de gran utilidad, sino en cerrarme en banda a lo nuevo que esté por venir con la excusa de que “no doy para más” porque entonces lo que hago es robarle a los días la capacidad de sorprenderme y de escribir en los márgenes del calendario, que al final es donde reside su esencia.

Como si nos diera miedo estar parados, atiborramos nuestros días y los de nuestros hijos de actividades que etiquetamos de “necesarias” o “imprescindibles”, ya sean lúdicas o sean responsabilidades. Y cuando venimos a darnos cuenta hemos perdido la batuta de nuestra vida porque en algún momento se la cedimos “a las circunstancias”.

Lo cierto es que como dice Honoré de Balzac, “aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia” por eso la última vez que me asaltó un mágico instante de lucidez supe que tenía que recuperar la batuta y volver a decir que “sí” a esos momentos inesperados que surgen en el día a día sin pensar demasiado.

Nos encontramos en la mejor época para votarnos como los únicos gobernantes de nuestra propia vida y para buscar esos silencios que oxigenan nuestra mente. Para romper ese murmullo constante que se repite en nuestra cabeza y mirar con ojos nuevos a nuestro alrededor. Y en realidad no hay que irse muy lejos para escapar de la parte menos deseable de la rutina, las investigaciones sobre la felicidad ya lo dicen: se puede hacer mucho con muy poco. Por ejemplo, introduciendo pequeños cambios en nuestra forma de hacer las cosas y poniendo nuestra plena atención en esas acciones.

Solo de pensarlo se me hace la boca agua. Parar la televisión y quitarle el sonido al móvil para saborear una copa de vino en la terraza. Abrir ese libro que hace tanto dejé a medias y sumergirme de nuevo en su historia. Quedar con ese amigo que tantas ganas tengo de ver y mirarle a los ojos mientras le escucho activamente. Tumbarme a echar esa siesta que siempre me niego y notar la comodidad del colchón. Darme una ducha sin prisa, oliendo el gel y sintiendo el agua caer sobre mí… Ponerle conciencia a los días para darnos cuenta de lo bien que se puede vivir cuando le prestamos atención a la vida.

No me apetece esperar a los septiembres y eneros para escribir mi lista de propósitos porque las cosas que de verdad nutren nuestra vida no deberían estar escritas en una lista de tareas pendientes cuando lo que realmente quiero es llevarlas siempre puestas.

Así que por una vez me voy a tomar la licencia de darle una cariñosa patada a ese calendario que tal útil me suele ser, para recordarme una vez más, que yo decido como vivir cada día y que en cualquier momento puedo inyectarme esa dosis de consciencia que espanta a esas obligaciones a las que me ato cuando realmente son prescindibles; que estoy a tiempo de elegir la música de mi vida y de respetar el silencio entre cada canción; que nunca es tarde para darle la vuelta a una situación o por lo menos para verla con otras gafas para que no nos moleste tanto, y que nadie se vaya hoy a dormir sin al menos intentarlo, que como dice Machado, hoy es siempre todavía.

Verónica Díaz.
Psicóloga y escritora.
www.veronicadiaznar.com

Soy mamá, psicóloga y escritora. Me alegra el alma leer, escribir, dibujar, bailar, cocinar, el mar y los momentos en familia. Me gusta jugar al tenis, el cine y viajar.

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