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De qué lugar nacen mis sueños

Siempre me he considerado una persona resiliente, es decir, alguien que se sabía adaptar a las adversidades, para luego superarlas, saliendo de ellas reforzada, con un aprendizaje más en la mochila y una cicatriz que lejos de molestarme, me hacía sentir orgullosa por el recuerdo de la batalla ganada.

Como siempre he tenido vocación de psicóloga y de comunicadora, desde bien pequeña me tomaba los retos que la vida me ponía como la oportunidad perfecta para aprender, de manera privilegiada, sobre las emociones humanas en ciertas circunstancias.

Con diecisiete años me diagnosticaron un cáncer y afronté la enfermedad sin perder de vista esa premisa, la de conocer de primera mano la experiencia de una persona cuando vive una enfermedad así, para luego saber ayudarlas mejor cuando fuera psicóloga. Y no quería ayudar solo desde una consulta, también mediante las palabras. En concreto, escribiendo libros o colaborando en revistas.

La única condición para poder utilizar mis aprendizajes personales como un valor añadido profesional a la hora de ayudar a otras personas, era la de sanarme primero en relación a ellos, por eso, para escribir el libro de “Diecisiete: cuando desperté el dinosaurio estaba allí”, en el que cuento mi experiencia de superación del cáncer, tuve que esperar primero a que pasaran siete años, los suficientes para estar en paz con esa etapa. Y cuando pasó el tiempo necesario creé un material para compartir con el mundo del que me siento orgullosa y en el que comuniqué lo que creía que era necesario comunicar, como creía que tenía que hacerlo. La mejor recompensa a ese trabajo son todos los emails que me mandáis contándome vuestras duras historias personales y diciéndome cuánto os ha ayudado leer la mía propia.

Cuando estaba terminando la carrera empecé mi formación en el campo de la terapia con niños y adolescentes, porque sentía que con esas edades conectaba especialmente a la hora de trabajar y, además, me permitía a su vez trabajar con adultos, ya que el trabajo con los padres va siempre de la mano de la terapia infanto-juvenil. Y mientras me empapaba de conocimientos y veía a mis primeros pacientes en prácticas, me daba cuenta de que hasta que no fuera madre, no podría entender de verdad el sentimiento de esos padres hacia sus hijos, y al mismo tiempo empezaba a comprender, que en la gestación de las personas se comenzaba a fraguar qué tipo de niños, adolescentes y adultos serían y que en ese sentido, sería interesante que las mujeres comenzaran a trabajarse desde ahí.

Al terminar mi formación me quedé embarazada y viví con gran ambivalencia emocional todo el proceso de gestación. Por un lado, lo que siempre había querido, ser madre joven, con un hombre maravilloso a mi lado y mucha energía para criar a mi hijo; por otro lado, las condiciones económicas y laborales pésimas que me hacían sentir nerviosa, frustrada y asustada. Y en medio de todo ese caos, la culpa, la exigencia… ¡Qué os voy a contar!

Viví la etapa final del embarazo en paz con las circunstancias y conmigo misma, aun así, me pesaba el no haber vivido al completo el embarazo como siempre había querido y como tanto había estudiado que era más beneficioso para mí y para mi bebé. El parto no fue nada fácil por no decir bastante difícil, pero las tres primeras semanas del posparto fueron lo peor. De los retos que se plantearon en apenas 21 días emergió toda mi sombra, como diría Laura Gutman, y por lo mucho que sufrí en esos días estuve conviviendo con mis heridas mucho tiempo.

La gente de mi entorno me decía, “¿para cuándo el segundo libro?”, “Podrías hablar de tu maternidad, ya que a ti te gusta hablar de lo que conoces bien porque lo has vivido” y sí, quería hacerlo. Pero cuando sanara del todo. Lo cual, por cierto, veía lejano.

En todo ese tiempo herida, me sentía estafada y enfadada con todos los/las activistas del parto natural, de la lactancia y de cualquiera de los extremos. A todos los había escuchado, estudiado y leído durante mi embarazo como si fueran la Biblia. Todos decían “si quieres, puedes”, “si no le das el pecho a tu hijo es porque te rindes, eres una perezosa y no te da la gana, porque todas las mujeres pueden hacerlo”, “si no tienes un parto natural es porque no quieres y no te has preparado lo suficiente,vaga”. Y yo pensaba “Yo lo lograré, lo estoy poniendo todo de mi parte y lo lograré”.

Pero esas experiencias idílicas no fueron mi realidad, a mí, esas frases, esos libros, esos consejos, me causaron más dolor y frustración que paz, porque aún con todo mi empeño esa no fue mi experiencia. Y porque me parece que lo más importante para una mujer es sentirse empoderada y bien con sus decisiones y sus experiencias, seas cuales sean. Me da igual si quieres darle un biberón a tu hijo porque aun sabiendo los beneficios de la lactancia, a ti te va mejor el bibe, me da igual si lo primero que le has dicho al ginecólogo al entrar por la puerta del hospital es “quiero la epidural” o si te has mantenido firme en que no la querías y así lo has hecho. Me da igual si haces colecho por supervivencia, por los beneficios que tiene o si has pasado al bebé a otra habitación en cuanto has podido, porque lo único que me importa es que esas elecciones las hayas tomado tú, consciente de lo que hacías, porque era lo que a ti te servía y lo que a ti te hacía sentir bien.

Durante un tiempo, además de sentirme estafada por aquellos que se agarraban a un solo extremo, abandoné muchos aspectos de quien yo era, como la espiritualidad, la meditación diaria, el reiki… porque era un tiempo de curar otras heridas, de aprender a ser mujer a la vez que mamá porque, desde esa tercera semana de vida de mi bebé, siempre me he sentido muy orgullosa de mi papel como madre, pero era a mí esencia como mujer a la que tenía que prestar atención y que curar.

Cuando pensaba en ese libro de maternidad que algún día quería escribir pensaba que no sabía cómo lo haría, ni cómo le daría forma, pero de nuevo, al igual que con “Diecisiete” si sabía la emoción que quería transmitir a otras madres y era la de “Tranquila, no te juzgues, lo estás haciendo bien. Hazlo como tú lo sientas y estará bien. No necesitas leer libros que te digan cómo ser madre de tu hijo o cómo parirlo, eso ya lo sabes si te escuchas y si atiendes a tu intuición”. Me gustaba mucho el mensaje del Club de las malasmadres, que no buscan la perfección, no buscan el embarazo, el parto, el posparto o la crianza ideal, sino hacerlo lo mejor que sepan, como “madremente” puedan (como diría Andrea de @madremente) y sentirse en paz con ello. Por eso lo único que tenía claro es que no sería un libro dirigido a madres, sino dirigido a mujeres, que además son madres.

Cada vez que pensaba en este proyecto, por un lado, me sentía insegura porque yo no soy ninguna súper experta en psicología perinatal, no pretendo centrar mi carrera profesional en este tema en exclusiva y hay muchas mujeres y profesionales maravillosas que tienen más experiencia profesional que yo porque si se dedican a este campo en exclusiva. Tanto es así, que llevo casi 4 años tomando notas, documentándome, leyendo sobre ciertos temas y reflexionando sin compartirlo con absolutamente nadie, guardando celosamente aquello que quiero compartir, y la verdad, no sé ni por qué. Pero era como si tuviera tanto que decir y transmitir que necesitara darle la forma apropiada antes de lanzarlo al mundo, aunque con poco que me tiren de la lengua ya me sale la retahíla.

Y por otro lado me sentía empoderada, porque si hay algo que yo sé hacer es transmitir emociones, ideas, conocimientos y motivación a través de las palabras, y como decía antes, eso es lo que quiero despertar en otras mujeres, una emoción concreta. La que en la última etapa de mi vida he aprendido que se resume en la palabra “empoderamiento” pero que yo llamaba: confianza en una misma, autosatisfacción, reconocimiento de tu propia valía, conexión con tus propias emociones y sentimientos, tranquilidad con respecto a quién y cómo eres…

Cuando empecé a sanar mis heridas, a despertar de mi etapa de “capulla” y eclosionar como mariposa y, sobre todo, a perdonarme a mí misma, salió a borbotones todo lo que llevaba tiempo paralizado, porque yo, cuando estoy bien, tengo una intensidad y una energía arrebatadoras, y durante un tiempo esa luz estaba concentrada en otros asuntos. Pero emergí y empecé de nuevo a trabajar. Y os contacté a todas vosotras, y os pedí que me hablarais de vuestras experiencias en la maternidad, porque hay maternidades de todos los colores, pero en palabras de Lucía Galán, nos une a todas muchísimo más de lo que nos separa.

Cuando escribí “Diecisiete” y hablé del cáncer, utilicé mi experiencia como trampolín para hacerlo, pero esta vez utilizo las vuestras. Utilizo todo lo que otras mujeres y expertas me han enseñado, lo que mi maternidad y la vuestra me han mostrado, lo que mis conocimientos profesionales me han proporcionado, lo que mis inquietudes personales me han descubierto, lo que siento que todas necesitamos.

Siento que os debía una explicación de para qué os solicité esas entrevistas, y aquí está. Algo extensa porque esa es mi tendencia, la de contar las cosas desde el principio para que se entienda el contexto del que nacen y la motivación que las mueve, para que entendáis de qué lugar nacen mis proyectos y mis sueños, y como veis, es siempre del corazón.

Millones de gracias. Os seguiré informando y seguimos compartiendo el camino.

Abrazos,

Verónica.

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